
(Corregido y aumentado.)
El Hombre es la medida de todas las cosas, Protágoras.
A Tania Bruguera, y los jóvenes participantes en la Décima Bienal de La Habana.
I
En una resumida columna apologando por el gobierno de Cuba y su ejecutoria por espacio de medio siglo, el señor Ignacio Ramonet parece sintetizar aspectos significativos del pasado revolucionario inmediato; pero por esta vez omitida esa condescendencia tan común del papista más papista que el Santo Padre de Roma, pues el distinguido publicista de “Le Monde Diplomatique” no hace gala de tan fervoroso catolicismo, gracias a Dios.
Por consiguiente nos honra con su europeismo y buena pluma.
En uso esperado de una esquematización común en El Viejo Continente y Norteamérica, y a renglón seguido de la acostumbrada reiteración de los elementos mejor publicitados del régimen, y harto conocidos; Ramonet comienza a desglosar segmentos no tan frecuentes tanto en el caso que nos ocupa como en no menos admirados colegas que disfrutan de competitiva y bien administrada publicidad internacional. Por ende y atribuido al sistema con sede en La Habana se sugieren, cual cosa menor, excesos o mejor deslices en la observancia de los derechos humanos, realidades económicas no halagüeñas, carencias nada envidiables, y hasta vagas menciones a descontentos o posibles discrepancias por parte de anónimos y sugeridos elementos a quienes no se les dispensa la condición de oposicionistas, disidentes y su crisol variopinto. A reserva de que a ninguno se le concede mayor estima; al menos debemos admitir como sugerido, un verismo en el texto que sin dobleces que no considero mi fuerte, ya me hace estirar los labios finos. Pienso, luego existo, dijo una vez el filósofo; pensamiento profundo al que nadie ha podido borrar su aliento veraz.
Claro que el protagonista del discurso es el personaje que, graciosamente, el autor no cubre con esos ditirambos tan poco comunes si se aplican a gobernantes electos por el pueblo; pero sí por paradoja a esos mandatarios hiperbólicos uniformados ostentosamente, en flamantes trajes deportivos, o hasta en camisa de manga corta y peinando cerquillo muy bien recortado. Otro tanto apuntado pues al autor de la relación suscinta que al instante atendemos con innegable interés.
La representación de la parte contraria, el villano, como de costumbre es El Gigante Goliat que, por esta vez no se le atribuyen las frecuentes y familiares adjetivaciones descalificadoras. Sin desdoro de todo lo cual nuestro ágil disertante también parece pasar por alto la participación en el drama de un tercero indispensable que sería el pueblo. Ya que por igual y, como de costumbre, para el caso - si se trata de Cuba - pueblo, gobierno, nación o estado son una y la misma cosa; excluyendo a la oposición. Aquí no se reconocen disparidades de plataforma, ideología, intereses u opinión. No así sería si se refiriera a Francia o España debo citar, países donde las marcadas diferencias entre sus componentes sociopolíticos se aplican normalmente conforme a las definiciones de destacados tratadistas de derecho público, León Duguit, Vittorio Enmanuele Orlando, o cualquier reconocida teoría general del estado a partir de El Príncipe, El Contrato Social o El Espíritu de las Leyes, pongo de relieve.
Luego de breves y tímidas alusiones a las perspectivas de un futuro más optimista plasmado en el testimonio de figuras como Alfredo Guevara y Pablo Milanés; don Ignacio recoge la nota sombría de una hipotética Cuba convertida en semicolonia norteamericana. Ahora reaparece el sello repetitivo que ni las citadas palabras textuales del destacado cineasta y el inimitable cantaor logran borrar o al menos comenzar a repensarse.
En síntesis que, pese al significado harto apreciable de criterios tales, los cubanos no podemos gobernarnos como nación libre, independiente y soberana. Es la afirmación que por cierto en medio siglo ha calado en una caravana de personalidades honrosas, a toda luz concentradas en un espectro minimizado de la historiografía criolla suministrada por el régimen, y por cierto abarcador hasta de Latinoamérica, me extiendo a sugerir. Para comprobarlo todo estaría en que en igualdad de condiciones en vez de Cuba, se tratara de Argentina, Honduras o Perú, a dichas repúblicas posiblemente se les catalogaría de situación gemela, o muy similar.
Releyendo estas conclusiones, a veces siento escozor al verme forzado a remachar en ideas diferidas merced no tanto frente a los conceptos forzados a emitir, sino a su monologación. Por falta de fortuna, plumas brillantes describen tan a la ligera el itinerario futuro de un pueblo que dio un José Martí, Antonio Maceo, Ignacio Agramonte, Calixto García, Julio Sanguily, Francisco Arango y Parreño, Pepe de la Luz y Caballero, Félix Varela, José Antonio Saco, Cirilo Villaverde, Rafael Montoro, Juan Gualberto Gómez, Enrique J. Varona, Tony Guiteras, Jesús Menéndez, Eduardo Chibás, José Antonio Echevarría, Jorge Mañach, Gastón Baquero, Ramón Grau San Martín, Blas Roca, Carlos Márquez Sterling, Ramón Zaydín, Felipe Pazos, Joaquín Martínez Sáenz, Guillermo Cabrera Infante, Leví Marrero, Jose María Chacón y Calvo, Carlos de la Torre, Rafael Cortina, José Lezama Lima, Jorge Más Canosa, Antonio Sánchez de Bustamante, Hubert Matos e interminable galería de próceres, pensadores, artistas, dirigentes cívicos y mártires cuyo sendero final nunca alcanzará la vista con sus mejores gafas de estreno.
Por el contrario para el mencionado y reconocido observador allende los mares, somos una nacionalidad menor de edad estancada en el calendario que, fatalmente, no podemos prescindir del brazo tutelar del dictador, o de lo contrario el Goliat expoliador nos impondrá el dogal. No hay otra perspectiva en salmuera, alternativa en cuarentena, o apuesta en tiro al blanco. Ni por tratarse de un nuevo milenio. Ni por haberse elegido al señor Barack Obama presidente de Estados Unidos. Ni por contarse con las gestiones amistosas de don Inazio Lula Da Silva. Lúgubre destino asegurado proféticamente y sin reverso, para doce millones de seres humanos que como dijera el vate nicaragüense, Rubén Darío, aun rezan a Jesucristo y hablan en español. Gracias caballero, dichoso usted que vive y disfruta merecidamente de esas libertades y soberanía, aseguradas en naciones cuya historia envidiamos, pero carecemos del derecho, el coraje y las cualidades cívicas indispensables para poderlas imitar, ni intentarlo.
Mi pregunta es. ¿Qué hubieran dicho Alfonso Lamartine cuando legó su Historia de los Girondinos o Victor Hugo Los Miserables, para que la humanidad entera se inspirase en el ejemplo de aquellos forjadores de la libertad? ¿Sabrían ellos que tan bello ideal sería reservado solo para determinados pueblos; mientras otros tendríamos que contentarnos con contemplar los toros tras la barrera? Quiero pensar que Lamartine o Hugo como incontables alentadores de la democracia moderna, aspiraban a ver premiados sus loables esfuerzos con efectos más amplios, generosos y promisorios para beneficio de la humanidad entera sin exclusiones.
Ha de resultar pintoresco expresarse de forma tal al tratarse de comunidades catalogadas como de segunda: digamos caribeños, criollos, negros, mestizos, indios, mulatoides, mulatos, cholos, o zambos. Especialmente si la adjetivación se dirige desde foros académicos, El Café de Paris, o la sobremesa de un mesón madrileño donde hoy se habla en voz alta y sin temor a la delación de cualquier soplón, como acontecía en tiempos del general Franco, o la ocupación nazi. Enfatizo lo de pintoresco dado que luego de haberse vivido aquellas dolorosas experiencias europeas hoy leemos plumas herederas o continuadoras de los Jean P. Sartre, Albert Camus, o Federico G. Lorca que parecen negar dichos derechos libertarios a otras nacionalidades. Todo indica entonces que la igualdad internacional corresponde únicamente a quienes piensen de acuerdo a un partido ideológico o una corriente política determinada. Nunca al que difiera. Si difiere no es igual y su derecho se esfuma.
En este caso se es igual sólo pensando respecto a Cuba y su destino parejo con afamados intelectuales progre del viejo continente o norteamérica. Ellos por derecho propio poseen el patrimonio de la libertad, la igualdad, la democracia y la soberanía, de manera formal, basta e ilimitada. Publican libremente, leen lo que les place, emiten juicios de toda índole, viajan por el mundo entero, etc. Pero con la salvedad de no tratarse de una salvaguarda común a nuestra especie antropológica; sino como derecho reservado a determinados sectores de sociedades dadas, o mejor a dichas sociedades con carácter privilegiado.
De donde a su vez se infiere que el acceso formal a la independencia plena por parte de los cubanos queda enarbolado solo a favor de sistemas de Partido único, poseedores de la verdad sin apelación y con respuesta para todo. Cincuenta años de poder absoluto así lo atestiguan. Ya que ese régimen, efectivamente, no es semicolonia de Estados Unidos como, valga la aclaración, y ejemplo de complacencia sería Puerto Rico, ¿no es cierto? . Por todo lo cual caso de no estar este apuntador errado en sus deducciones, la superación del gobierno actual marxista leninista habanero conllevaría cual estatus óptimo a un somero equivalente de Borinquen, o quizás al archipiélago de San Tomé y Santa Cruz, o tal vez a las islas Bahamas.
II
Claro, en aras de confeccionar un cuadro más preciso y completo de tan contrastable planteamiento, cabe preguntarse ¿qué sucedió en Cuba allá por los primeros años del pasado siglo? Me tomo la libertad de sugerir la revisión de la historia nacional durante la revolución de 1933 hasta el diez de marzo de 1952. Quizás se añadirían conceptos y datos esclarecedores antes de emitir sentencias condenatorias para un pueblo con idénticos derechos al resto del mundo, según designios del Creador. A mayor abundamiento y en contraposición que lo corrobora añado el período comprendido a partir de los primeros años sesenta hasta la desaparición de la URSS. ¿Acaso durante el mismo Castro demostró independencia de Moscú? O ¿es que el satelismo soviético era mejor ejemplo de libertad y democracia que los postulados de José Martí, Abraham Lincoln o Sócrates?
Cabría refutarme ahora con esa contrapartida no de estreno, según la cual si Cuba cayó bajo el satelismo soviético fue en evitación del sojuzgamiento americano. ¿No es familiar este argumento? Es muy familiar en los corros intelectuales que objetamos. Entre otras explicaciones porque la solución reincide en el desprecio habitual, los cubanos siempre serán vasallos de alguien. La verdadera solución, su soberanía plena les está vedada, ni se contempla.
Retomo las declaraciones de Pablo Milanés, y Alfredo Guevara añadiendo las de Eusebio Leal. Su contenido razonable no obedece a gritos aislados, sino a representativos de la mejor reserva ética que todo tejido social contiene. Sin adentrarnos al pasado, esas personalidades emiten criterios de cambio que sobrepasan nuestros cálculos. Habría que vivir en el suelo patrio para calibrar debidamente la profundidad y vigor regenerador de los mismos. El reciente proceso desfenestrador contra principales figuras civiles del régimen Carlos Lage, Felipe Pérez Roque, confirma fehacientemente este aserto. ¿Qué es la miel del poder en las acusaciones del dictador sino la apertura igualitaria y oportunidad para todos?
Pero la historia no termina ahí. El verdadero sentido del futuro inmediato isleño viene haciéndose tangible desde los años setenta cuando Elizardo Sánchez Santacruz lanza la idea del reconocimiento de los Derechos Humanos y la Reconciliación Nacional. Toda una página de dignidad y madurez para ese pueblo de Carlos Manuel y Estrada Palma cuyo modelo más directo de activismo hoy luce encajable en Mahatma Ganhdi y que despunta como iniciativa rejuvenecedora laminada con signo positivo. La igualdad ciudadana por encima del interés político, el reconocimiento del hombre primero que al estado, el predominio de la conciencia sobre el aparato de poder, la salvaguarda de los valores familiares cual sustento de una sociedad pacífica.
A pesar de que el mundo occidental no ha aceptado en sus verdaderas latitudes el impacto de esta corriente novedosa y atrayente propia de Latinoamérica, subcontinente más publicitado por una boina, la metralleta y el discurso agresivo, llameante para entretenimiento de sobremesa en lujosos salones de Barcelona o Nantes. No es menos cierto, lo reconozco, que el hombre occidental no está obligado a descubrir particularidades luminosas en una región casi desconocida cuyos embrollos y contradicciones pocas veces se toman en serio. De ahí la reincidencia en un gastado clisé que la actualidad se ha encargado de destinar a su rincón apartado, oscuro y cerrado con llave.
Al ofrecer la idea de los disidentes no se reclama otro derecho que, al menos, el mismo que la sociedad libre concede a los gobernantes uniformados y bien armados de Cuba y Venezuela. Sabemos que hasta el presente a aquéllos no se les ha concedido tal honor en la escala equivalente. Pero insisto en la comprensión de ese mundo en el que vivo exilado. Ese mundo democrático, observador de los mismos principios que demandamos, es tradicionalista por excelencia y conservador por antonomasia. Para ellos Cuba se identifica por Castro, sin que la identificación implique simpatías ni apoyo directo, sólo un arraigado concepto de gobierno atado al medio siglo de su control absoluto. Esto alcanza tanto a partidarios de unas u otras tendencias, y a quienes en todo caso, extraoficialmente, aceptan el exilio de Miami bajo otro esquema no menos rudimentario elaborado por igual para salir del paso. Con un instrumental de trazos tan incompletos y escasa efectividad publicitaria las democracias en general con excepciones honrosas, cierran las compuertas a corrientes rearticuladoras y sanamente progresistas como Damas de Blanco, Glamur, Sindicalistas, Periodistas, Bloggeros, Bibliotecarios Independientes, Presos de conciencia, Huelguistas heroicos como el negrito Antúnez, y una pléyade interminable, inteligente, noble por su ejecutoria, y víctimas del totalitarismo apabullante.
Los disidentes constituyen una especie de muralla inaccesible para quienes se afincan en un dossier diseñado de improviso y que pocos renglones ha añadido al paso lento pero seguro de la historia. A sus resultas, por gastado, el mismo yace en su sitio de reposo. Milanés, Guevara….. ¿y cuántos más, antes y después, querido Ignacio Ramonet?
Ese discurso disidente que se viene elaborando desde los años setenta, en pleno siglo XXI todavía no se le escucha con la debida atención; al menos en público. Aun no se han atrevido a reconocerlo en toda su trascendencia, pragmatismo y justicia. De ahí la urgencia de su divulgación. Porque es verdad de Perogrullo que lo medularmente original jamás se reconoce a primera vista, y menos en la arena pública, probablemente la última opinión en asimilar verdades como puños señaladas por la experiencia. El hombre público, salvo excepciones, suele ser la rémora del progreso. He ahí otra falda resbalosa de la gran cordillera de altas montañas a escalar.
Encomienda que viene de muy atrás, desde la Antigüedad. Puesto que en Atenas a Sócrates tampoco se le admitió la actualidad de su discurso y se le juzgó, entre otras causas, por corruptor de la juventud. Sin embargo Bertrand Russell refuta este desatino irreparable afirmando todo lo contrario. Sócrates era el único que no corrompía a la juventud, dijo el genial viejito inglés.
Por ello cuando en ocasiones anteriores don Ignacio Ramonet acusa a los activistas de derechos humanos por recibir ayuda del exterior, cae lamentablemente en la confusión imperante producto de la previa grabación escuchada en el mundo libre. Lo que salpica dicha acusación no es el producto elaborado de un hombre inteligente y culto; sino el efecto de una avalancha propagandística muy bien administrada, cuyo mensaje oponente más eficaz pervive amordazado dentro y arrinconado fuera. Tal parece que los extremos una vez más se tocan.
Aquéllos porque saben que otra cosa no les conviene y éstos por no saber lo que mejor les convendría. Si los serios valimientos de esos demócratas recibieran la misma reproducción global que las consignas del gobierno cubano, o de Venezuela, apuesto a que los posicionamientos alternos tanto sobre la disidencia como del problema que a todos nos embarga, se esparcirían de manera más holgada y esclarecedora entre cancillerías, prensa, universidades, iglesias, intelectuales, sindicatos, empresarios, artistas, y opinión pública progresista en general. Como dice el dicho criollo; otro gallo cantaría. Todo es cosa de oportunidad y espacio para expresarse. He ahí la otra clave de la obstrucción irremovible. Atrévanse pues a propagar dicho discurso de manera sostenida. El efecto seria la punta de lanza de la verdad abriéndose paso en un mar de confusiones, desajustes y mediocridades.
Debe reafirmarse que la atención merecida a los movimientos oposicionistas intramuros permitiría a personalidades cuya honestidad no pongo en entredicho, percibir una renovación actualizadora y más completa del panorama nacional. Desmenuzar las ejecutorias de los dirigentes oposicionistas durante las cuatro décadas que suman su itinerario, seguramente ayudaría a colocar los pies sobre un terreno más fértil y avanzado del proceso aperturista a que los criollos tienen todo derecho ante los ojos de Dios y la patria.
No debe abrigarse la menor duda, menos aun temores. Milanés, Guevara, Leal, Prieto e incontables y ocultos buenos ciudadanos no son más que el iceberg de un océano que si no se ha desbordado por completo aún, en parte considerable obedece a la pasividad y espíritu contemplativo del mundo libre en general. Esta vacilación integra otro factor retardatario en la justa ideológica que se desempeña en toda América Latina. Los disfrutadores de la libertad y usufructuarios de la democracia no solamente deben hacerse eco de dicho discurso pacífico interno; sino que su apoyo por todos los medios legales posibles integra parte de una responsabilidad ética al alcance de la mano.
Comparando. El factor común predominante que motiva la acción impostergable es la libertad.
Es ahí donde hacemos hincapié dada la insistencia contumaz del régimen habanero en desviar el ojo exterior del drama interno. Gobernar no es buscar camorra exterior para justificar la opresión interior. Ya desde el régimen de los Treinta Tiranos de Atenas se practicaron dichos subterfugios. Gobernar, ya lo dijo Martí, es servir. No es al gobernante a quien hay que mirar y atender de manera exclusiva y hasta genuflexa; sino al pueblo subyacente en quien reside la soberanía. Pero en el caso de la imposición sin otro consenso que el traje de miliciano, y rifle al hombro, los derechos del ciudadano común y aun de ese mismo zombie uniformado exigen el compromiso cooperativo de quienes en extramuros detentamos los beneficios a ellos denegados. Así entendemos la igualdad. Solidarios con los que sufren, los oprimidos y tanto con quienes allá dentro mantienen el imprescindible y sagrado derecho a discrepar, como con aquellos que sólo saben obedecer. Esos pobres hombres u hombres pobres que nunca entenderán al gran Protágoras.